(A Pitta con cariño, por enseñarme a tratar a las palabras como seres)
No tuvo mejor idea que soltarme el gancho que sujetaba el rodete; así se desató la fuga. La que primero huyó fue la vergüenza, tras ella, siempre atolondrado, escapó el miedo y, algo escabullida, con timidez, la sensualidad. Como si fuera poco, me lo separó de a mechones y el resto aprovechó el alboroto para huir más de prisa. De a saltos, la picardía tomó la delantera y detrás el humor, siempre cuidándole las espaldas, la siguió. Y ya comenzaba a sentirme vacía cuando asomó su cara la paciencia y él, viendo que podía llegar a resultar peligroso, improvisó rápidamente una trenza y, con el gancho, volvió a sujetarme.
Equinoccio de Otoño: tertulia poética y de microrrelatos
Hace 3 semanas