viernes, 15 de abril de 2011

Intercambio de tramas

Tuvimos en el taller una consigna que consistía en pensar una trama e intercambiarla con algún compañero para que él la desarrollara. Felizmente, Joan Manuel Satta quisó embarcarse con la que yo presenté e hizo de ella un texto exquisito. gracias Joan!


Agosto. Negativo. De nuevo. Él desvió la mirada. Laura cerró los ojos y volvió a abrirlos, como esperando que, de alguna forma, el resultado cambiara. Si la hubieran dejado, si la magia o alguna anomalía física se lo hubieran permitido, habría repetido la operación un millón de veces, y otro millón por las dudas. Negativo. Por qué me hacés esto, amor, no me hagas esto, no le hagas esto a mami. Te estamos esperando. Negativo. Javier salió del baño y Laura lo escuchó dar un portazo antes de encerrarse en la pieza. La llave se cayó al piso. Ella no se animó a levantarla. Negativo.
Hacía tres años que estaban intentando tener su primer hijo. Cuando no pudieron el primer mes, ella sugirió que fueran al médico.
Por ahí es algo que se soluciona fácil, amor. El desestimó la sugerencia con una sonrisa y un ademán de indiferencia, no pasa nada, probamos de nuevo el mes que viene. Mes siguiente y otro también, el resultado era el mismo, y Javier había tenido que cambiar dos veces la puerta del cuarto. Laura nunca se animó a levantar la llave. Hizo un gesto de resignación al ver el resultado del test, por vez número treinta, o treinta y seis, o cinco mil. Negativo. Caminó al living y levantó el teléfono.
—¿Qué hacés?
—Llamo al médico, para pedir turno.
Javier se agachó y desconectó el cable del teléfono.
—No vamos a ir a ningún médico, Laura— Permaneció agachado, dándole la espalda, sin sacar la vista de la ficha del teléfono. Aún sostenía el cable en la mano derecha, y apoyó la izquierda en el piso, para tomar impulso e incorporarse. Lo hizo con lentitud, con mucha lentitud, y por primera vez, Laura le tuvo miedo. Habló sin darse vuelta.
—Vamos a probar de nuevo— Hizo una pequeña pausa, que a Laura se le antojó eterna—, el mes que viene. Eso va a pasar. Vamos a probar de nuevo y vas a quedar embarazada, ¿no, mi amor?
Ella asintió con un movimiento apenas perceptible. Él no la vio. Seguía de espaldas.
—¿No, mi amor?
—¡Sí!— gritó ella.
Javier volvió a conectar el teléfono y volteó para enfrentar a Laura. Sonrió.
—Todo solucionado, entonces. —Javier caminó hasta la cocina y se golpeó un pie con la pata de una mesa. Se le inflamaron las venas del cuello, y Laura deseó haber estado en otro lado, lejos. Con mamá o con la abuela, en otro lado. Lejos. Negativo.

Agosto. Doce meses. Negativo. Laura lloraba en silencio y Javier insultaba a un pariente por teléfono. Dolía.

Agosto. Veinticuatro meses. Sentada en borde del bidé, Laura seguía mirando el dispositivo, deseando, una vez más, con cada parpadeo, que se agregara una rayita. Casi podía ver a Javier a través de la pared, ahogando gritos en la almohada. Negativo.

Al otro día se despertó temprano. Había dormido pocas horas, pero no tenía sueño. Se levantó y se preparó un café. Se tomó el 101 hasta Viamonte al 2300 y decidió no usar el ascensor. Una vez sentada frente al monitor, en su box, levantó el teléfono del escritorio y pidió turno con el médico. Se lo dieron para la otra semana; martes, cuatro de la tarde. Le comentó la situación a su jefa y ella le dio permiso de retirarse antes para asistir.

Pasaron once días y fue a buscar los resultados de los análisis. Se los dieron en un sobre de papel madera con una etiqueta que llevaba su apellido escrito a mano por una recepcionista con mala caligrafía. Era sábado; los informes estaban listos desde el jueves, pero no era necesario ir a buscarlos en días hábiles, y le daba vergüenza volver a pedir permiso en el trabajo para retirarse antes. Le había dicho a Javier que iba a visitar a su madre, así que debería acordarse de llamarla para prevenirla, por las dudas. Metió el sobre en la cartera y caminó hasta la avenida Córdoba. Estaba a tres cuadras del Alto Palermo. Se sentó en la mesa de un Mc Donald’s y sostuvo la cartera con las dos manos. No quería abrirla. Levantó la vista y vio varias filas de personas en torno al mostrador que le hicieron recordar que en esos lugares la comida hay que retirarla en la caja; que no la traen a la mesa; que tenía una excusa para retrasar el momento. Fue hasta la caja y pidió un combo con un nombre en inglés que llevaba la palabra Mc. La cajera le preguntó si quería agrandarlo por un peso con cincuenta. Laura se olvidó de pedir condimentos.
Tomó la bandeja y buscó una mesa vacía. No vio ninguna, así que decidió ir al piso de arriba. Apoyó la bandeja en la mesa y se quedó mirando la cartera.
Rasgó el sobre y sacó el papel. Le temblaban las manos. Negativo. No había en los resultados de los análisis, ningún indicio que sugiriera, de manera indirecta siquiera, que ella fuera infértil. El problema era Javier. Pensó en cómo hablaría con él; en cómo le diría lo que había pasado. El hielo de la gaseosa se derritió antes de que empezara a comer. La hamburguesa estaba horrible.  
Se levantó de la silla con el impulso de correr; de salir del shopping y correr por la calle, de correr hacia ningún sitio en particular, y de chocar a un señor con un tapado y un sombrero de copa que la mirara con miedo y la tratara de loca, como en las películas viejas, de inviernos en Nueva York. Pero no era invierno en Nueva York; era verano en el Alto Palermo, y todos los señores andaban en chomba o musculosa. Empezó a recorrer el shopping sin detenerse en ninguna vidriera. El miedo y las vidrieras se llevan mal. Y nadie usaba tapado.

—¿Laura? —Volteó y vio a un hombre que le sonreía. Leo. Compañero del secundario de Javier. Leo estaba en pareja con una chica muy tímida, Mariela. Los cuatro salían una o dos veces por mes; a cenar o al cine. Cuando uno está en pareja, sale con parejas, posteó Laura en un blog imaginario.
—Leo. Hola.
—Hola. Hace bastante que no nos vemos; la semana pasada cancelaron y no volvimos a arreglar. Creo que ahora están pasando una versión de Ávatar con escenas inéditas. Son unos ladrones. Contame, ¿cómo va eso? ¿Voy a ser padrino ya?
Laura lo miró con la expresión carcomida por la angustia. Negó con la cabeza y bajó la mirada. Leo la invitó a un café y ella aceptó.

—Mirá —Leo había unido las manos, formando con los índices y los pulgares, dos pequeñas letras ele. Mantenía los índices cerca de los labios, y evitaba la mirada de Laura. Estaba inclinado hacia adelante, rodillas separadas, la silla un tanto alejada de la mesa. Habían estado hablando las últimas dos horas. Laura se olvidó de llamar a la madre—. Mirá, Lau, yo lo único que digo es que es una posibilidad. No podés ir y decirle que no puede tener hijos— La miró a los ojos e hizo una pequeña pausa—. No podés— Volvió a desviar la mirada—. Javi es una buena persona, pero como todos, o como casi todos, tiene sus mambos.
—Tuve miedo de que me pegara en un momento.
—No podés decirle que no puede tener hijos —dijo Leo por toda respuesta. Volvió a repetirlo, en un susurro, como para sí—. No podés.
—Pero, ¿a vos te parece que lo otro es mejor? —No se atrevió a decirlo en voz alta.
—No sé si mejor. No sé si mejor —Nunca había visto a Leo tan serio—. Pero… mejor o no… es. Es una posibilidad. Pensalo. Y acordate de que yo lo quiero mucho a Javier, pero a vos también. Más que a él, si querés— Volvió a mirarla a los ojos—. Y Lau…—
—Sí, ya sé.
—Es en serio, no se lo digas. Perdoname que insista tanto.
—Te entiendo. No te preocupes, no le voy a decir nada.
—¿Sabe que fuiste al médico?
—No, le dije que fui a visitar a mi vieja.
—Bien, bien. 
—Leo, ¿estás seguro de que querés hacer esto?
—Estoy seguro de que no quiero no hacer nada. Y estoy seguro de lo que no quiero que hagas.

Pasaron tres semanas, y un domingo a la tarde, Laura volvió a ir a visitar a su madre. Esta vez se quedó menos tiempo; se agotaron antes los temas de conversación. Una semana más y volvieron a hacer el test. Positivo. Javier la abrazó con tanta fuerza que casi la lastima. Leo recibió un mensaje de texto. Vas a ser padrino.

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